viernes, 23 de julio de 2010

Ceguera


Sufro la vida con la resignación de quien nace ciego. Sólo que en mi caso no he conseguido extraer una virtud de mi carencia como esos invidentes superdotados que hacen de la necesidad virtud. Mi ceguera es espiritual y existencial. Deambulo por un valle de sombras asida a la pálida y fría mano del miedo. Hurgo entre la basura de las emociones en busca de algo que brille. Grito, tanteo, tropiezo; pero mis ojos siguen cerrados a la gélida luz de un cielo perpetuamente invernal. Tanteo. Pero mi mano solo da con paredes sucias de meados y sangre. Caigo y mis palmas se clavan en vidrios molidos, húmedos de tantas infecciones. Sigo caminando, pero mi caminata no es para avanzar, ni para llegar a un destino, es apenas la vuelta monótona en torno a una noria, que exprime el jugo de lo que es bello. Manos que desconozco me tantean, me aprietan con la confianza de sostener algo indefenso que se quiebra, sujeto a su voluntad voraz. Manos que se hunden en mis entrañas húmedas de asco y lubricidad. Yo cedo, ciega. De nada valen mis gritos de hojalata percutida, de nada mis espasmos de pez agonizante. La oscuridad del sinsentido me apresa y me apachurra y me hace suya.