Camino sobre sus tablones combos y húmedos, resbalosos y fríos, como huesos empantanados. Frente a mí, el mar padece cólera, se crespa y se retuerce como pez que ha saltado la borda y ha caído sobre la cubierta. Sobre el cielo de plomo, los cúmulos de piedra son como fatamorganas que se transforman con una lentitud que espanta. Como gigantescos barcos y palacios, islas, laputas, que midieran el paso de titánicas tortugas. El mar está negro y, sobre éste, brilla la espuma como ribetes de plata sobre terciopelo azabache. Sobre mis mejillas resbalan gruesas lágrimas que se confunden con la brisa, que se funden en la brisa, que son la brisa. Mis manos tiemblan de frío y buscan el calor en el interior de los bolsillos de mi sobretodo. Tengo miedo. Enormes tentáculos se asoman de pronto entre las olas. Descomunales tenazas de descomunales cangrejos asoman de pronto entre las olas. Gigantescos ojos de inimaginables criaturas observan desde la más profunda negrura. Estoy de pie sobre los tablones del muelle, quieta, firme y, no obstante, me abismo. Mi alma es atraída por el fondo espeso y negro del mar, que es refugio de monstruos anteriores a la creación del mundo. Me hundo. Estoy de pie sobre los tablones, siento la brisa sobre las mejillas y me hundo. Todo a mi alrededor es impenetrable e intimidante. La pesadez y el frío del agua no permiten ni siquiera que brille la luminiscencia de ciertas criaturas, habitantes de estas simas. Estoy en el fondo más remoto. Trato de ver hacia arriba, pero mis ojos están como muertos. Sigo buscando. Sigo buscando aunque sea la más ínfima muestra de que el sol existe. Un hombre se para junto a mí y vuelvo a estar de pronto sobre la osamenta resbalosa del muelle. Me llama por mi nombre. Puedo ver en el azul de sus ojos que su cuerpo es sólo una apariencia. A través de su engañosa forma humana, puedo percibir cómo se encrespa y se retuerce, como un pez que ha saltado la borda y ha caído sobre la cubierta.
