martes, 21 de junio de 2011

El Muelle

Camino sobre sus tablones combos y húmedos, resbalosos y fríos, como huesos empantanados. Frente a mí, el mar padece cólera, se crespa y se retuerce como pez que ha saltado la borda y ha caído sobre la cubierta. Sobre el cielo de plomo, los cúmulos de piedra son como fatamorganas que se transforman con una lentitud que espanta. Como gigantescos barcos y palacios, islas, laputas, que midieran el paso de titánicas tortugas. El mar está negro y, sobre éste, brilla la espuma como ribetes de plata sobre terciopelo azabache. Sobre mis mejillas resbalan gruesas lágrimas que se confunden con la brisa, que se funden en la brisa, que son la brisa. Mis manos tiemblan de frío y buscan el calor en el interior de los bolsillos de mi sobretodo. Tengo miedo. Enormes tentáculos se asoman de pronto entre las olas. Descomunales tenazas de descomunales cangrejos asoman de pronto entre las olas. Gigantescos ojos de inimaginables criaturas observan desde la más profunda negrura. Estoy de pie sobre los tablones del muelle, quieta, firme y, no obstante, me abismo. Mi alma es atraída por el fondo espeso y negro del mar, que es refugio de monstruos anteriores a la creación del mundo. Me hundo. Estoy de pie sobre los tablones, siento la brisa sobre las mejillas y me hundo. Todo a mi alrededor es impenetrable e intimidante. La pesadez y el frío del agua no permiten ni siquiera que brille la luminiscencia de ciertas criaturas, habitantes de estas simas. Estoy en el fondo más remoto. Trato de ver hacia arriba, pero mis ojos están como muertos. Sigo buscando. Sigo buscando aunque sea la más ínfima muestra de que el sol existe. Un hombre se para junto a mí y vuelvo a estar de pronto sobre la osamenta resbalosa del muelle. Me llama por mi nombre. Puedo ver en el azul de sus ojos que su cuerpo es sólo una apariencia. A través de su engañosa forma humana, puedo percibir cómo se encrespa y se retuerce, como un pez que ha saltado la borda y ha caído sobre la cubierta.


viernes, 23 de julio de 2010

Ceguera


Sufro la vida con la resignación de quien nace ciego. Sólo que en mi caso no he conseguido extraer una virtud de mi carencia como esos invidentes superdotados que hacen de la necesidad virtud. Mi ceguera es espiritual y existencial. Deambulo por un valle de sombras asida a la pálida y fría mano del miedo. Hurgo entre la basura de las emociones en busca de algo que brille. Grito, tanteo, tropiezo; pero mis ojos siguen cerrados a la gélida luz de un cielo perpetuamente invernal. Tanteo. Pero mi mano solo da con paredes sucias de meados y sangre. Caigo y mis palmas se clavan en vidrios molidos, húmedos de tantas infecciones. Sigo caminando, pero mi caminata no es para avanzar, ni para llegar a un destino, es apenas la vuelta monótona en torno a una noria, que exprime el jugo de lo que es bello. Manos que desconozco me tantean, me aprietan con la confianza de sostener algo indefenso que se quiebra, sujeto a su voluntad voraz. Manos que se hunden en mis entrañas húmedas de asco y lubricidad. Yo cedo, ciega. De nada valen mis gritos de hojalata percutida, de nada mis espasmos de pez agonizante. La oscuridad del sinsentido me apresa y me apachurra y me hace suya.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Deriva

El aire conspiraba con la lluvia. Las rocas con la tierra. Todo en la ciudad había adquirido un tono plomizo y las nubes oscurecían el cielo. No había un alma. No había un cuerpo. Sólo el angustioso malestar de la vida. Esclavos lejanos, vagos fantasmas sin atributos, deambulaban errabundos sosteniéndose en pie merced a un odio sobrehumano que contaminaba las estrelles y que comprometía cada célula de mi cuerpo. La furia terrible de un dios loco que no sabe qué hacer con su tiempo libre, que es toda la eternidad. Inclusive las rocas gemían, aullaban con un grito que procedía desde antes de la historia. La lluvia no era llanto sino un insoportable desangrar del mundo. Vuelto sobre sí mismo, en un solo quejido, el mundo era un vórtice hambriento que se compactaba al grado de estrujar mi corazón dejándolo sin jugo. No había un alma. Apenas vagas formas lejanas e indefinibles sordas a la realidad verdadera. Esa realidad que se cuela entre cada molécula como un cáncer voraz que revela el auténtico ser del mundo. Y las aves chillaban. De pronto una niña sin ojos, cuencas negras de demonio menor buscando sangre, me tendió la mano. Entendí que no había salida y la abracé como se abraza la muerte en el suspiro postrero, enferma ya de resignación. Me devoró lentamente con sus pequeños colmillos afilados. Comenzó desde los pies para que yo misma fuera el testigo de su crimen que era también redención. Después de un rato, el llanto de dolor se convirtió en dicha.

lunes, 4 de mayo de 2009

Despertar

Ya es hora, dijo mi madre. Entonces desperté. El frío era insoportable por lo que dejar la calidez de las mantas me parecía imposible. Una mañana opaca y lluviosa, con un cielo del más frío metal podía verse a través de la ventana. Me bañé con agua hiriviendo y me vestí con ropa abrigadora, gabardina y bufanda a rayas. Salí a la calle cargando mi mochila llena de pesadumbre. La gente me observaba como se observa a un perro. Encendí el primer cigarrillo. Hice la señal al autobús. Se detuvo. Lo abordé. adentro, después de sentarme en uno de los asientos posteriores, descubrí que todos los pasajeros del autobús eran hombres. Ninguno se movía. Parecían dormir. Entonces uno de ellos volteó su rostro hacía mí. Sus ojos eran de un azul pálido y enfermizo. Reflejaban hambre o deseo. El hombre se levantó torpemente. Comenzó a caminar hacia donde yo estaba. Me invadió el miedo. Sus uñas eran largas y oscuras como llenas de grasa para motor, sus dientes ralos y afilados dejaban correr espesos hilos de baba amarillenta. Extendió sus manos hacia mí como para abrazarme o ahorcarme. De su garganta salía un quejido hediondo y húmedo. Los otros hombres se levantaron igualmente y caminaron hacía mí con la misma expresión de muerto renuente a descansar. Apreté el timbre mil veces. Golpee y pateé. Finalmente, el autobús se detuvo y pude salir. Algunos de los hombres salieron también y me siguieron. Yo corría mucho más rápido pero, de algún modo, sentía que me alcanzaban. Abrí la oxidada reja del atrio de una pequeña iglesia y entré. Adentro algunas personas sufrían la muerte de algun ser querido. Casi todos eran ancianos y ninguno lloraba. Un sacerdote enorme y blanco daba el servicio en completa mudez. Me acerqué hasta el ataud que permanecía abierto. Dentro del ataud descansaban mis restos. Ya es hora, dijo mi madre. Entonces desperté.

Sorrow

Entonces todo comenzó. La furia y la inquietud. El desasosiego. Salgo de mi habitación y contemplo la inmensidad de un cielo densamente negro, como vómito de dioses enfermos. Todo a mi alrededor tiene apariencia de lejanía. Una lejanía letal que quema los huesos. Quema de tan frío. Y hay hombres en las calles. "Hola, mi amor", dicen y puedo sentir sus alientos fétidos y venenosos, y puedo ver su carencia dental y su mirada perdida, desorbitada como buscando la sensatez que alguna vez tuvieron. Camino, fumo. Entonces el relente frío de una noche hostil me raja la piel del rosto en jirones, que se lleva el viento y que, al final, sólo dejan una máscara vergonzante de miedo y abandono. Un blues amargo sale de una ventana como la sangre densa y oscura que brota apacible de unas venas abiertas por la soledad. El mundo gira. El aire es aire. Más amarga ensoñación que una realidad pestilente no puede encontrarse. Alguien se acerca. Es un fantasma con forma de mujer o una mujer con forma de caballo salvaje y humano. Me pide un cigarrillo. Le brindo. Toma mis manos entre las suyas para abrigar el mechero que enciendo para quemar su cigarro. Son frías y ásperas como producto de una vida inmisericorde. Dejan una sensación de vaguedad y lejanía. Me mira a los ojos. Entonces la reconozco. Es todas las mujeres. Es, también, yo.