El aire conspiraba con la lluvia. Las rocas con la tierra. Todo en la ciudad había adquirido un tono plomizo y las nubes oscurecían el cielo. No había un alma. No había un cuerpo. Sólo el angustioso malestar de la vida. Esclavos lejanos, vagos fantasmas sin atributos, deambulaban errabundos sosteniéndose en pie merced a un odio sobrehumano que contaminaba las estrelles y que comprometía cada célula de mi cuerpo. La furia terrible de un dios loco que no sabe qué hacer con su tiempo libre, que es toda la eternidad. Inclusive las rocas gemían, aullaban con un grito que procedía desde antes de la historia. La lluvia no era llanto sino un insoportable desangrar del mundo. Vuelto sobre sí mismo, en un solo quejido, el mundo era un vórtice hambriento que se compactaba al grado de estrujar mi corazón dejándolo sin jugo. No había un alma. Apenas vagas formas lejanas e indefinibles sordas a la realidad verdadera. Esa realidad que se cuela entre cada molécula como un cáncer voraz que revela el auténtico ser del mundo. Y las aves chillaban. De pronto una niña sin ojos, cuencas negras de demonio menor buscando sangre, me tendió la mano. Entendí que no había salida y la abracé como se abraza la muerte en el suspiro postrero, enferma ya de resignación. Me devoró lentamente con sus pequeños colmillos afilados. Comenzó desde los pies para que yo misma fuera el testigo de su crimen que era también redención. Después de un rato, el llanto de dolor se convirtió en dicha.

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