Entonces todo comenzó. La furia y la inquietud. El desasosiego. Salgo de mi habitación y contemplo la inmensidad de un cielo densamente negro, como vómito de dioses enfermos. Todo a mi alrededor tiene apariencia de lejanía. Una lejanía letal que quema los huesos. Quema de tan frío. Y hay hombres en las calles. "Hola, mi amor", dicen y puedo sentir sus alientos fétidos y venenosos, y puedo ver su carencia dental y su mirada perdida, desorbitada como buscando la sensatez que alguna vez tuvieron. Camino, fumo. Entonces el relente frío de una noche hostil me raja la piel del rosto en jirones, que se lleva el viento y que, al final, sólo dejan una máscara vergonzante de miedo y abandono. Un blues amargo sale de una ventana como la sangre densa y oscura que brota apacible de unas venas abiertas por la soledad. El mundo gira. El aire es aire. Más amarga ensoñación que una realidad pestilente no puede encontrarse. Alguien se acerca. Es un fantasma con forma de mujer o una mujer con forma de caballo salvaje y humano. Me pide un cigarrillo. Le brindo. Toma mis manos entre las suyas para abrigar el mechero que enciendo para quemar su cigarro. Son frías y ásperas como producto de una vida inmisericorde. Dejan una sensación de vaguedad y lejanía. Me mira a los ojos. Entonces la reconozco. Es todas las mujeres. Es, también, yo.


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